Poemas del Renacimiento (II)

2. Fray Luis de León

ODA A LA VIDA RETIRADA

¡Qué descansada vida              
la del que huye el mundanal ruido
y sigue la escondida
senda por donde han ido              
los pocos sabios que en el mundo han sido!

Que no le enturbia el pecho              
de los soberbios grandes el estado,
ni del dorado techo
se admira, fabricado              
del sabio moro, en jaspes sustentado.

No cura si la fama
canta con voz su nombre pregonera,
ni cura si encarama
la lengua lisonjera              
lo que condena la verdad sincera.

¿Qué presta a mi contento,              
si soy del vano dedo señalado,
si en busca de este viento
ando desalentado              
con ansias vivas, con mortal cuidado?

¡Oh monte, oh fuente, oh río!             
¡Oh secreto seguro, deleitoso!
Roto casi el navío
a vuestro almo reposo,              
huyo de aqueste mar tempestuoso.

Un no rompido sueño,
un día puro, alegre, libre quiero;              
no quiero ver el ceño
vanamente severo
de quien la sangre ensalza o el dinero.
             
Despiértenme las aves
con su cantar sabroso no aprendido,
no los cuidados graves              
de que es siempre seguido
el que al ajeno arbitrio está atenido.
             
Vivir quiero conmigo,
gozar quiero del bien que debo al cielo              
a solas, sin testigo,
libre de amor, de celo,
de odio, de esperanzas, de recelo.
             
Del monte en la ladera
por mi mano plantado tengo un huerto,
que con la primavera,              
de bella flor cubierto,
ya muestra en esperanza el fruto cierto.
             
Y como codiciosa
por ver y acrecentar su hermosura,
desde la cumbre airosa              
una fontana pura
hasta llegar corriendo se apresura.

Y luego sosegada,              
el paso entre los árboles torciendo,
el suelo de pasada
de verdura vistiendo,              
y con diversas flores va esparciendo.

El aire el huerto orea              
y ofrece mil olores al sentido,
los árboles menea
con un manso rüido             
que del oro y del cetro pone olvido.
            
(…)
A mí una pobrecilla              
mesa de amable paz bien abastada
me basta, y la vajilla
de fino oro labrada              
sea de quien la mar no teme airada.

Y mientras miserable
mente se están los otros abrasando              
con sed insacïable
del no durable mando,
tendido yo a la sombra esté cantando
             
A la sombra tendido,
de hiedra y lauro eterno coronado,
puesto el atento oído              
al son dulce, acordado
del plectro sabiamente meneado.
 

Anuncios
Publicado en Literatura. 3 Comments »

3 comentarios to “Poemas del Renacimiento (II)”

  1. Adriana Says:

    A PESAR DE QUE LAS ODAS NO ALCANZAN LA TRASCENDENCIA DE LOS POEMAS EXTENSOS,DEMUESTRAN GRAN SUBJETIVIDAD DEL AUTOR.

  2. estefania Says:

    que hermoso poema te felicito

  3. ary Says:

    yo pienso que este tipo de poesía se debe hacer conocer en la sociedad para que vean lo mas hermoso del renacimiento; esta poesia me llegó


Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: